SpoilerNací en Madrid en 1901, en el seno de una familia cuya historia siempre había estado ligada a la Armada española. Mi padre, al igual que mi abuelo y varios de mis antepasados, había dedicado su vida al servicio de la Marina. Desde pequeño, crecí escuchando sus historias sobre travesías por mares lejanos, combates navales y las aventuras de aquellos hombres que habían servido bajo la bandera de España.
Parecía inevitable que siguiera sus pasos. Sin embargo, desde muy joven sentí una fascinación especial por algo que apenas comenzaba a cambiar el mundo: los aviones.
Recuerdo que, siendo todavía un niño, me quedaba embobado contemplando los dibujos de aquellas extrañas máquinas voladoras que aparecían en los periódicos y las revistas. Me maravillaba pensar que el hombre, que durante siglos había dominado los mares, ahora comenzaba a conquistar también los cielos.
Mientras mis compañeros soñaban con convertirse en capitanes de navío o almirantes, yo imaginaba que algún día pilotaría uno de aquellos aparatos. Mi padre nunca llegó a comprender del todo aquella pasión. Para él, la aviación era poco más que una curiosidad, una tecnología interesante, pero demasiado arriesgada para un oficial de la Armada.
Todo cambió durante la Gran Guerra.
Las noticias que llegaban desde Europa hablaban de combates aéreos, de pilotos que se enfrentaban en los cielos de Francia y de máquinas que, apenas unos años antes, habrían parecido sacadas de una novela de aventuras. Entre todas aquellas historias, hubo una que me cautivó especialmente: la de la escuadrilla de voluntarios Orleans, formada por aviadores españoles que habían acudido a combatir junto a los franceses.
Aquellos hombres se convirtieron en mis héroes. Soñaba con vestir su uniforme, subir a uno de aquellos frágiles aeroplanos y combatir en los cielos europeos. Pasaba horas imaginando cómo sería volar sobre las trincheras, observar desde las alturas los campos de batalla y regresar a casa después de una misión.
Por desgracia, cuando tuve edad suficiente para intentar cumplir mi sueño, la guerra ya había terminado.
No obstante, mi vocación permaneció intacta. Si no podía combatir en Europa, encontraría otra manera de volar.
Decidí ingresar en la Armada, siguiendo así la tradición familiar, pero con una condición: dedicaría todos mis esfuerzos a convertirme en piloto. La creación del servicio de aviación naval me brindó precisamente esa oportunidad.
Mi formación no fue sencilla. Aprender a volar exigía una disciplina y una concentración que jamás había experimentado durante mi instrucción naval. Sin embargo, cada hora de vuelo me acercaba un poco más a mi sueño. Finalmente, después de superar los exámenes y las pruebas correspondientes, obtuve mi acreditación como piloto.
Hoy, con veinte años recién cumplidos, puedo decir que he conseguido lo que tanto deseaba.
He sido destinado a la 2.ª Escuadrilla de Bombarderos, con base en Cádiz y embarcada en el Real Felipe, el primer portaaviones de nuestra Armada, recientemente incorporado al servicio.
Mi avión será el Vencejo, un bombardero construido bajo licencia española a partir del modelo británico Avro Bison. No es precisamente el elegante caza con el que soñaba durante mi adolescencia, pero tampoco me importa. Al fin y al cabo, lo importante es volar.

Hoy 2 de mayo de 1921, comenzaré mi instrucción en el aeródromo de Zarandilla, cerca de Jerez, donde aprendí a despegar y aterrizar, a familiarizarme con los procedimientos de este pájaro, aún me queda bastante para domarlo antes de aprender como posarlo en la cubierta del Real Felipe.

[pie]Observando a mis compañeros[/pie]

[pie]Vista del aeródromo[/pie]

[pie]En carrera![/pie]

[pie]Sobrevolando Jerez[/pie]

[pie]Aterrizando el Vencejo o como los mecánicos comienzan a llamarle, "el Flaco"[/pie]

[pie]Volviendo a la zona de aparcamiento[/pie]
Mi padre siempre me dijo que un oficial de la Armada debía estar preparado para servir allí donde se le necesitase. Supongo que ahora ha llegado el momento de demostrar que tenía razón.
No sé qué me deparará el futuro. Quizá algún día tenga la oportunidad de participar en una campaña militar, o tal vez mi carrera transcurra entre ejercicios y maniobras. Lo que sí sé es que estoy a punto de formar parte de algo extraordinario.
La Armada española está aprendiendo a volar, y yo tendré el privilegio de acompañarla en sus primeros pasos.
Segunda Entrada en el diário
2.ª Escuadrilla de Bombarderos, Aeronáutica Naval, aeródromo naval de Jeréz.
Cádiz, 3 de junio de 1921
Han transcurrido varios semanas desde que comencé mi instrucción con el Vencejo, y por fin empiezo a sentirme verdaderamente dueño de la máquina que me han confiado.
Recuerdo mis primeros vuelos con cierta vergüenza. Aquel bombardero, construido bajo licencia española a partir del modelo británico Avro Bison, me parecía entonces una mole difícil de dominar. Sus dimensiones, el comportamiento del motor y la inercia durante las maniobras exigían una atención constante. Hoy, en cambio, puedo volar durante horas sin sentir aquella tensión de los primeros días. Conozco sus reacciones, sé anticiparme a sus movimientos y comienzo a comprender cuáles son sus límites.
Naturalmente, una cosa es sentirse cómodo en el aire y otra muy distinta considerarse un buen piloto. Todavía cometo errores, y nuestros instructores se encargan de recordárnoslo con bastante frecuencia.
Durante los últimos días hemos intensificado los ejercicios de navegación, los vuelos en formación y las prácticas de aproximación. También hemos comenzado a familiarizarnos con el equipo de bombardeo. Hasta ahora, mi principal preocupación había sido mantener el avión bajo control; ahora debo aprender a hacerlo mientras mi atención se reparte entre la navegación, las indicaciones del observador y el objetivo que tenemos debajo.
Hoy hemos realizado nuestras primeras prácticas de suelta de bombas.
La jornada comenzó temprano, en el aeródromo próximo a Jeréz. Los mecánicos habían preparado varios Vencejos y el personal de tierra había dispuesto las bombas de instrucción que emplearíamos durante los ejercicios. El ambiente era distinto al de una jornada ordinaria de vuelo. Había más oficiales de lo habitual, y hasta los mecánicos parecían prestar una atención especial a cada detalle.

Antes de partir, nuestro instructor nos explicó de nuevo la importancia de la coordinación entre el piloto y el observador. El primero debe mantener el aparato estable y obedecer las correcciones de rumbo; el segundo debe localizar el blanco, valorar la aproximación y determinar el momento de la suelta. Sobre el papel parece sencillo. En el aire, con las vibraciones del motor y el viento golpeando la estructura, todo resulta bastante más complicado.

Mi primera pasada fue poco satisfactoria. El observador me indicó que corrigiera ligeramente el rumbo, pero tardé demasiado en estabilizar el avión. Cuando llegó el momento de soltar la carga de instrucción, el resultado quedó lejos del centro del blanco.

La segunda fue mejor.
No acertamos exactamente donde pretendíamos, pero conseguimos una suelta ordenada y una aproximación considerablemente más precisa. Al regresar, el instructor nos felicitó por la mejoría, aunque se apresuró a advertirnos que todavía quedaba mucho trabajo por delante.

Me ha sorprendido descubrir cuánto cambia la percepción del vuelo cuando uno lleva una misión concreta. Hasta ahora, volar consistía principalmente en mantener el aparato en el aire y regresar al aeródromo sin contratiempos. Hoy, por primera vez, he comenzado a comprender lo que significa pilotar un avión de combate.
No puedo negar que he sentido una emoción especial al accionar el mecanismo de suelta. Durante un instante he pensado en aquellos aviadores de la Gran Guerra cuyas hazañas leía siendo muchacho. Yo había soñado con combatir en un caza sobre los campos de Francia, persiguiendo aviones enemigos entre las nubes. En cambio, mi destino parece llevarme hacia otra clase de guerra, una en la que nuestra misión consistirá en localizar posiciones enemigas, reconocer el terreno y apoyar desde el aire a los hombres que combaten en tierra.
Quizá no sea tan romántico como imaginaba a los dieciséis años, pero sospecho que será igual de exigente.
La guerra de África ocupa ahora buena parte de nuestras conversaciones.

Las noticias que llegan desde Marruecos hablan del avance de las fuerzas del general Silvestre hacia Annual. Según los informes que circulan entre los oficiales, las tropas españolas continúan extendiendo sus posiciones por el Rif y existe una considerable confianza en que la campaña permita alcanzar los objetivos previstos. Algunos compañeros hablan ya de la futura ocupación de Alhucemas como si se tratase de una conclusión inevitable.
En el comedor se escuchan con frecuencia discusiones sobre la situación militar. Los oficiales destinados en Marruecos conocen bien las dificultades del terreno, las distancias entre las posiciones y los problemas que supone abastecer a las tropas en una región tan accidentada. Los que no hemos servido allí tendemos a imaginar la campaña sobre un mapa, con líneas que avanzan y poblaciones que aparecen sucesivamente bajo control español.
Supongo que la realidad será bastante más complicada.
Mi padre me escribió hace unos días. Me preguntaba por mi formación y, como de costumbre, insistía en que no confundiese el entusiasmo con la experiencia. Al final de la carta añadió una observación que me ha hecho pensar: «En la mar, hijo, nunca des por vencido al océano antes de haber regresado a puerto».
Imagino que lo mismo podría decirse de una campaña militar.
Por ahora, sin embargo, el ambiente es optimista. La posibilidad de que nuestras fuerzas alcancen pronto Alhucemas se comenta con creciente frecuencia, y en la escuadrilla empezamos a preguntarnos cuándo tendremos ocasión de demostrar la utilidad de nuestros aviones en operaciones reales.

El Real Felipe permanece en Cádiz, donde continúan los trabajos de preparación y adiestramiento de su grupo aéreo. Todavía tenemos que completar una parte importante de nuestra instrucción antes de operar regularmente desde la cubierta de vuelo. Dominar el Vencejo en tierra era el primer paso; aprender a despegar y apontar sobre un buque será un desafío completamente diferente.

Confieso que espero ese momento con impaciencia.