Parecía inevitable que siguiera sus pasos. Sin embargo, desde muy joven sentí una fascinación especial por algo que apenas comenzaba a cambiar el mundo: los aviones.
Recuerdo que, siendo todavía un niño, me quedaba embobado contemplando los dibujos de aquellas extrañas máquinas voladoras que aparecían en los periódicos y las revistas. Me maravillaba pensar que el hombre, que durante siglos había dominado los mares, ahora comenzaba a conquistar también los cielos.
Mientras mis compañeros soñaban con convertirse en capitanes de navío o almirantes, yo imaginaba que algún día pilotaría uno de aquellos aparatos. Mi padre nunca llegó a comprender del todo aquella pasión. Para él, la aviación era poco más que una curiosidad, una tecnología interesante, pero demasiado arriesgada para un oficial de la Armada.
Todo cambió durante la Gran Guerra.
Las noticias que llegaban desde Europa hablaban de combates aéreos, de pilotos que se enfrentaban en los cielos de Francia y de máquinas que, apenas unos años antes, habrían parecido sacadas de una novela de aventuras. Entre todas aquellas historias, hubo una que me cautivó especialmente: la de la escuadrilla de voluntarios Orleans, formada por aviadores españoles que habían acudido a combatir junto a los franceses.
Aquellos hombres se convirtieron en mis héroes. Soñaba con vestir su uniforme, subir a uno de aquellos frágiles aeroplanos y combatir en los cielos europeos. Pasaba horas imaginando cómo sería volar sobre las trincheras, observar desde las alturas los campos de batalla y regresar a casa después de una misión.
Por desgracia, cuando tuve edad suficiente para intentar cumplir mi sueño, la guerra ya había terminado.
No obstante, mi vocación permaneció intacta. Si no podía combatir en Europa, encontraría otra manera de volar.
Decidí ingresar en la Armada, siguiendo así la tradición familiar, pero con una condición: dedicaría todos mis esfuerzos a convertirme en piloto. La creación del servicio de aviación naval me brindó precisamente esa oportunidad.
Mi formación no fue sencilla. Aprender a volar exigía una disciplina y una concentración que jamás había experimentado durante mi instrucción naval. Sin embargo, cada hora de vuelo me acercaba un poco más a mi sueño. Finalmente, después de superar los exámenes y las pruebas correspondientes, obtuve mi acreditación como piloto.
Hoy, con veinte años recién cumplidos, puedo decir que he conseguido lo que tanto deseaba.
He sido destinado a la 2.ª Escuadrilla de Bombarderos, con base en Cádiz y embarcada en el Real Felipe, el primer portaaviones de nuestra Armada, recientemente incorporado al servicio.
Mi avión será el Vencejo, un bombardero construido bajo licencia española a partir del modelo británico Avro Bison. No es precisamente el elegante caza con el que soñaba durante mi adolescencia, pero tampoco me importa. Al fin y al cabo, lo importante es volar.

Hoy 20 de mayo de 1921, comenzaré mi instrucción en el aeródromo de Zarandilla, cerca de Jerez, donde aprendí a despegar y aterrizar, a familiarizarme con los procedimientos de este pájaro, aún me queda bastante para domarlo antes de aprender como posarlo en la cubierta del Real Felipe.
Observando a mis compañeros
Vista del aeródromo
En carrera!
Sobrevolando Jerez
Aterrizando el Vencejo o como los mecánicos comienzan a llamarle, "el Flaco"
Volviendo a la zona de aparcamiento
Mi padre siempre me dijo que un oficial de la Armada debía estar preparado para servir allí donde se le necesitase. Supongo que ahora ha llegado el momento de demostrar que tenía razón.No sé qué me deparará el futuro. Quizá algún día tenga la oportunidad de participar en una campaña militar, o tal vez mi carrera transcurra entre ejercicios y maniobras. Lo que sí sé es que estoy a punto de formar parte de algo extraordinario.
La Armada española está aprendiendo a volar, y yo tendré el privilegio de acompañarla en sus primeros pasos.